Pero los necesito para seguir adelante. Son mi medicina día a día, cuando me aburro los saco. Cuando sueño, los saco. Cuando me ilusiono, los saco. Cuando lloro, los saco. Cuando pienso, los saco.
Vivo con ellos y ellos conmigo. Los hay para cuando me apetece despegar, para cuando me apetece pensar, o cuando me apetece sentirme especial. Los hay para todo tipo de gustos, y emociones. Los hay fuertes, y débiles. Y quizás, mis recuerdos más simples sean los más importantes. Y aquí estoy, redactándo recuerdos en mi misma. Ni los que me hacen volar, ni los de pensar, ni los especiales. Espolvoréo los fundamentales.
Y alejándome de ellos, miro al frente, y veo el mar. Una playa detrás de mi, la infinidad del mar delante, con su barquito de vela blanco, imprescindible en una playa. Y yo estoy quieta, reprimo las lágrimas; No voy a llorar. Ni avanzo, ni retrocedo. Estoy a un paso de la arena, y a otro del mar. A tan solo un paso más. Un paso que no pienso dar. Decido esperar. Decido esperar a que me agarren, o a que me empujen.
Y seguro que esperando puedo pasar horas, días, semanas. Pero da igual, espero, ya me acostumbré a hacerlo.